
Por César Reyna
De madrugada no hay mucho que ver en la televisión. A pesar de la variada programación sólo el refrito de ‘Friends’ me seduce por unos minutos pero no logra despertar mi interés; las bromas son demasiado estúpidas y las actuaciones lamentables. No tengo sueño aunque esté cansado y sienta frío. Ni el Discovery Channel o Natgeo llegan a atraparme porque ya había visto los especiales que estaban transmitiendo durante la semana. Zapeo en el cable busca de entretenimiento instantáneo y no encuentro nada fácil de procesar. De manera casual apretó el ‘2’ en el mando y comienzo a revisar los canales nacionales. No hay nada, cambio y pruebo con el ‘4’ y tampoco veo algo de a mi agrado: las series o películas son muy antiguas y están mal dobladas al español. En seguida paso al ‘5’ y me quedo viendo la secuencia de ‘Pare de Sufrir’, el movimiento evangélico de origen brasilero que tiene miles de fieles en el Perú.
No pasa mucho para que descubra que el ‘pastor’ o ‘hermano’ que dirige la oración es un impostor ya que se trata de un peruano que se hace pasar por brasilero. El sujeto cierra los ojos mientras se encomienda a Dios. Parece estar muy concentrado al momento de bendecir el agua contenida en un vaso de vidrio. Habla de la presencia del mal en nuestras vidas; de enfermedades incurables para el hombre que sólo puede curar el Altísimo; del Apocalipsis y la segunda venida del Señor; o de problemas familiares como infidelidades, adicciones o falta de dinero.
El ‘hermano’ finge el acento portugués para darle credibilidad a predica. Si fuera peruano y hablara como tal seguramente nadie seguiría sus consejos ni se dejaría engatusar por sus palabras. Él hombre que apareció en la pantalla no fue el único que habló ‘portuñol’ ya que tomó la posta otro ‘hermano’ que atendía llamadas de gente atormentada. Ambos brindaban un servicio de escucha y auxilio espiritual a cambio de una donación. La donación no parecía voluntaria pues los ‘hermanos’ comunicaron que debía ser de 10 soles para recibir los favores del Creador. Para muchos esos inescrupulosos representan su único nexo con el cielo. Estiman que su mediación es “necesaria” para que la atareada Providencia atienda los ruegos de sus hijos desperdigados por el mundo.
La Iglesia oficialmente se llama Comunidad Cristiana del Espíritu Santo pero se la conoce como ‘Pare de Sufrir’. En lugar de ofrecer gratuitamente los sacramentos tradicionales ha creado otros que comercia en sus locales o mediante marketing televisivo. Así vende agua sagrada, rosas santificadas, aceites consagrados, mantos bendecidos y tierra traída supuestamente de Israel. Los amuletos adquiridos pierden eficacia bienhechora cuando los ‘hermanos’ comienzan a promover otro objeto “santificado” en Tierra Santa o en su altar principal de la Avenida Iquitos, antiguo cine Metropolitan.
No buscaba fe, iluminación o perdón al sintonizar el espacio que contratado por ‘Pare de Sufrir’- no creo que alguien medianamente racional pueda creer todas las patrañas que dicen un par farsantes - sino un poco de entretenimiento. Ver ese programa me hizo reír y pensar en muchas cosas, aunque también me indignó. Antes de volver a zapear imagine que cientos o tal vez miles seguían con entusiasmo a los ´hermanos’ Miguel y Rafael, los dos predicadores que vi de madrugada.
Los templos de la Iglesia Evangélica, antiguos cines céntricos donde pasaban películas hindúes o pornográficas, siempre están colmados de gente. Los feligreses son de condición humilde y provienen de las periferias de la ciudad. Son cientos y cientos y ninguno se cuestiona si el ‘hermano’ que realiza curaciones invocando el nombre de Dios es realmente brasilero. Si a éste alguien le preguntara de qué equipo es fanático en su “país” seguramente respondería que del Flamengo, el Fluminese, el Sao Paulo, el Botafogo, el Palmerias o el Santos para salir del paso. Si le preguntaran por el último año en que su club campeonó inventaría el año o simplemente diría que lo ignora. Si su interpelador insistiera con una pregunta más puntual como quién fue el primer presidente de Brasil diría cualquier nombre o expresaría que no lo recuerda. Y si no se le preguntara nada sino que recite la estrofa más conocida del himno brasilero es probable que rechace la petición aduciendo que tiene mala voz o que está afónico tras alabar a Dios durante horas frente a sus ‘hermanos’.
Mentiría, se excusaría o no sabría qué decir al momento de responder a nuestras inquietudes. Tanto él como nosotros sabríamos que no es brasilero, que todo lo que dice es falso, empezando por las bendiciones y parabienes que dispensa.