jueves, 6 de septiembre de 2007

¿Cuándo se jodió EE UU?

Por César Reyna


¿Cuándo se jodió EE UU? Parafraseando una expresión sacada de la novela "Conversación en la Catedral" de Mario Vargas Llosa, es la pregunta que se harán los norteamericanos y el mundo entero en un par de décadas o tal vez mucho antes. La interrogante surge a raíz de las conjeturas de varios analistas sobre la perdida de poder hegemónico de EE UU. Sobre el tema, el distinguido historiador británico, Timothy Garton Ash, ha señalado que durante la pasada cumbre de Davos se pudo apreciar el declive pronunciado de la geopolítica norteamericana. Precisar un momento o un instante es imposible, a lo más podemos referirnos a un proceso que tiene que ver con cambios que suceden tanto dentro de la sociedad estadounidense como fuera de ella.

Iraq puede ser el derrotero que marque, o por lo menos fije, una fecha aproximada de la decadencia occidental. Pero eso sólo establecerá un intervalo temporal que comprende desde el auge hasta la caída. Los imperios no se desvanecen de la noche a la mañana, sino que su deterioro responde a una enfermedad degenerativa gradual, es como si llevaran dentro la semilla de su propia aniquilación. Aunque no cabe ser tan drásticos ni apocalípticos pues EE UU no va a desaparecer ni implosionar como una supernova. Lo que podemos esperar, más bien, es un reordenamiento del poder global. Garton Ash recuerda con cierta ironía que “parece que fue hace años cuando nos decían que, después del mundo bipolar de la guerra fría, ahora vivíamos en un mundo unipolar. Estados Unidos era la única superpotencia; no, la hiperpotencia, como dijo con envidia un ministro francés de Exteriores. Poseía el ejército más poderoso de la historia de la humanidad. Iba a crear su propia realidad. Podía permitirse el lujo de ser unilateralista. Ahora, después de Iraq, ha tenido que decir adiós a todo eso.”

Las propias fuentes oficiales norteamericanas parecen comprobar esto porque tiempo atrás, según The International Herald Tribune, el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos estudió posibles perspectivas para el mundo de 2020. La única opción razonablemente atractiva era que varias potencias abordaran los retos mundiales en colaboración con actores no oficiales, es decir, cediendo espacios de poder.

Un estudio publicado hace nomás un par de meses señala que EE UU encuentra enormes dificultades para imponer su agenda. El informe Balance militar 2007 que fue elaborado por el IISS (Instituto Internacional de Estudios Estratégicos) con sede en Londres, confirma la debilidad de Washington. “Estados Unidos es lo bastante fuerte como para establecer una agenda de la actividad internacional, pero demasiado débil para poner en marcha esa agenda de manera global”, destaca el IISS.

El responsable de la presentación del análisis, John Chipman, señala que “vivimos en un mundo no polar”. “En realidad ni multipolar ni unipolar, como se discute a menudo”, afirma. Sobre esto último discrepamos porque de algún modo se tienen o tendrán que tomar las decisiones en esta nueva coyuntura. El profesor Garton Ash advierte que “este mundo exige nuevas estructuras de gobierno mundial, pero el reparto multipolar y en varios niveles del poder hace precisamente que eso sea más difícil de conseguir”. La nueva complejidad mundial nos exige que ideemos nuevas formas para abordar la nueva realidad política. “Y no basta con reformar la ONU o la OMC” como sostiene el distinguido académico de la Universidad de Oxford.

Lo que entrará en quiebre será Occidente (o su redefinición al menos), pero no el mundo capitalista, que se reproduce con éxito en China, India, Brasil y otros países emergentes. Esta aclaración es pertinente porque el modelo de producción y transacción comerciales no desaparecerá, sino que se potenciará en otros referentes mundiales. No es del todo improbable que la herencia occidental perviva en Oriente, como pasó de Grecia al mundo árabe cuando “el búho de minerva alzó vuelo al anochecer”, es decir, cuando el conocimiento (científico y filosófico) se trasladó a la civilización islámica tras la decadencia del Imperio Romano.

Los académicos estadounidenses, los más eruditos desde luego, también abordan con suma preocupación si “¿EE UU podrá seguir siendo el número uno?” (1989), en un carta de Paul Kennedy, historiador de la universidad de Yale. Kennedy compara al Estados Unidos de hoy (finales de los 80 e inicios de los 90) con el Imperio Británico de principios del siglo XX. Como experto en el auge y caída de los grandes poderes (The Rise and Fall of the Great Powers), mantuvo una entretenida disputa intelectual con Joseph S. Nye, otro distinguido profesor, pero de la Universidad de Harvard por ese entonces. Kennedy manifiesta que desde finales de la Segunda Guerra Mundial el poder de EE UU ha venido decayendo (con un breve rebrote que significó la unipolaridad entre el fin de la Guerra Fría y la guerra en Iraq). “Desde 1945 apreciamos un relativo periodo de declive”, indica Kennedy.

Nye, por su parte, agrega que “el mundo competitivo ejercerá nuevos retos y presiones sobre la hegemonía de EE UU”. Las cuales ya se están evidenciando o evidenciaron el Foro de Davos.

Mientras EE UU está embarcado en una costosa guerra contra el terrorismo internacional; China crece a pasos agigantados, al extremo que el lanzamiento de un misil capaz de derribar objetos en el espacio pone en ciernes la supremacía militar norteamericana. El prestigioso columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman, publicó el año pasado un artículo (tras visitar China) en el que sostiene que Norteamérica está descuidando al “verdadero enemigo” o rival al menos.

China, por supuesto, representa una de las mayores amenazas al poderío norteamericano ya que es uno de los principales consumidores de materias primas en el mundo, lo cual le otorga una inmejorable posición a la hora de negociar los precios de dichos bienes. También exporta productos de alta tecnología (cada vez mayor calidad) y ejerce un rol fundamental en el mercado de bonos y divisas al surtir sus bóvedas con bonos del Tesoro americano y grandes reservas de dólares. Se podría decir en buena cuenta que China financia gran parte del enorme déficit norteamericano (que controló Bill Clinton inicialmente y desbarató el irresponsable George W. Bush).

Es innegable que China en estos momentos ha comenzado a elevar la apuesta geoestratégica al traducir su solidez económica en poderío militar. Un escenario como el de la Guerra Fría no será repetible entre Washington y Beijing toda vez que las características del mundo son diferentes (por la globalización) y ambos apuestan por la interdependencia. Si bien China crece a cifras cercanas al 10% anual desde hace más de una década y acumula divisas y capta inversiones, existen algunas preocupaciones en torno a su crecimiento económico, ya que semejante solidez debe contraerse en algún momento, es decir, desacelerase.

De todas formas China no las tiene todas consigo porque un reporte del Centro de Investigaciones Estratégicas de la Universidad de Georgetown indica que la alarmante desigualdad china puede desembocar en graves conflictos internos. El coeficiente de Gini, herramienta matemática utilizada para medir la distribución de la riqueza arroja un 0,48% de desigualdad para el caso chino, siendo 0% la plena distribución del ingreso entre todos los habitantes de un país, y 1% la concentración total de la riqueza en manos de un único agente. Este dato es importante porque determina que la disparidad en el ingreso es fuente de tensiones sociales. En Latinoamérica este coeficiente es de 0,53% en promedio, lo cual explica muchos de los conflictos sociales, económicos y políticos que atraviesa esa región.

El estudio del IISS también se refiere al gigante asiático en estos términos: “Estados Unidos contempla con desconcierto el aumento del poderío militar chino, que las autoridades de Pekín justifican como una respuesta a la permanente presencia militar norteamericana en Asia y analistas norteamericanos interpretan como una confirmación de que Estados Unidos es el foco de la planificación de defensa de los chinos, especialmente respecto a cualquier posible contingencia militar sobre Taiwan”. A juicio de Chipman, "China y Estados Unidos dan la impresión de estar participando en un clásico dilema de seguridad".

Otros aspectos analizados por el respetado IISS revelan (aunque ya no es ninguna sorpresa) que la estrategia llevada acabo por la Casa Blanca y el Pentágono en Iraq ignoró las recomendaciones de los manuales del Ejército y el Marine Corps que consideran que la cifra adecuada para controlar Bagdad, de seis millones de habitantes, es tres veces mayor a lo dispuesto por Washington. El Instituto augura, como la mayoría de centros de análisis, un fracaso de proporciones todavía insospechadas en el largo plazo pero que no son para nada alentadoras.

En lo que sí puede tener alguna incidencia positiva la intervención estadounidense es que podría presionar a Israel a acelerar el proceso de paz. Algo que estamos viendo al menos por parte del primer ministro israelí, Ehud Olmert, quien no ha respondido militarmente (sobre población civil) ante la ofensiva de cohetes Kassam de las milicias palestinas y el atentado de hace un par de meses en la ciudad de Eilat. Y aun cuando Israel ha tratado de desvincular su conflicto con los palestinos de la sangrienta ocupación iraquí, no cabe dudas de que la apuesta de la dirigencia israelí se debe a que prolongar el problema (con los palestinos) sólo conduciría a nuevas y peores situaciones de violencia.

Siendo este conflicto la “madre” de todos los demás que proliferan por Medio Oriente, una justa resolución puede aminorar los ánimos, pero no desaparecer las amenazas. Para Israel la paz es la única forma que tiene para asegurar que en un futuro la solución no sea impuesta la comunidad internacional, dada la debilidad geopolítica de EE UU. Ya hay, por cierto, un significativo desmarque de EE UU sobre las acciones bélicas de Israel, pues por primera vez ese país ha iniciado una investigación sobre la utilización de bombas de racimo sobre población civil libanesa. Claro que se espera que la indagación no llegue a nada ni señale culpables, pero de todos modos indica un cierto malestar y a la vez una presión adicional sobre Israel. Hecho que obliga a reconsiderar que su alianza con EE UU no puede ser incondicional.

Por primera vez también, por una imposición externa, la fuerza armada de Israel no ha logrado sus fines (desarticular a Hezbollah) en el Líbano. La presión internacional obligó a abandonar el principio básico de su política exterior: no depender de nadie (aunque en la práctica dependa de subvenciones y ayudas militares estadounidenses). No hace mucho EE UU elevó el monto de cooperación militar y tecnológica con Israel.

Estados Unidos necesita una pronta solución al conflicto palestino-israelí ante el temor de desestabilización de naciones sunitas vecinas como Egipto, Arabia Saudí y Pakistán. La ocasión no puede ser más propicia como única, a pesar de los graves problemas internos palestinos y la crisis política israelí. Si se superan ambos escollos es menester de Israel y Al Fatah materializar los puntos acordados en la Hoja de Ruta.



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