jueves, 23 de julio de 2009

Reflexiones sobre los caviares



Por César Reyna



Encontrarse con un caviar es todo un acontecimiento en Lima. Sigo a algunos en Twitter para divertirme de sus insoportables diatribas y banalidades. Me siento mejor conmigo mismo cuando los leo o comparto un momento con ellos porque descubro que no soy tan superficial como creía. Los caviares no abundan en la capital, son poquísimos y selectos por naturaleza. No admiten así nomás a cualquiera a sus debates y reuniones de café. La mayoría estudiaron en la Católica, nave nodriza o colmena de los caviares, aunque también sé que hay algunos que germinaron en las aulas de la Universidad de Lima, en particular en su facultad de comunicaciones.

Nunca se verá a un caviar solo porque anda en pareja o en grupo para rajar de los demás, especialmente de los políticos y sus metidas de pata. Solos no podrían estar porque no son criaturas que se toleran así mismas. Siempre necesitan tener uno de su especie al lado para expresar su disconformidad con el mundo, es decir, su queja.

Se visten de lo más sport para evidenciar su modernidad y cosmopolitismo. Los hombres caviares usan jeans y blazer; las mujeres caviares procuran adquirir un guardarropa underground o vanguardista, al estilo Soho neoyorkino. Muchos usan lentes cuadrados o rectangulares, bufandas coloridas y hasta he llegado advertir que los varones últimamente se decantan por bastones con mango de metal para andar con mayor ‘distinción’ o huachafismo, según la perspectiva.

En las reuniones se les ve sobrios, elegantes y huelen bien. Disfrutan de las buenas lecturas, vinos y viajan mucho ya sea al interior del país o al extranjero. No viven de su trabajo sino de las donaciones que puedan conseguir para las ONG que dirigen. Es decir, no trabajan. Nunca lo han hecho en sus vidas pues sus apellidos y buenas relaciones les evitaron ese trance.

Comen bien. Suelen frecuentar el restaurante Astrid & Gastón sólo para quejarse de que sirven poco. A pesar de que les parecen insatisfactorios los platos –no compensan la inflada cuenta que deben pagar- siguen acudiendo porque necesitan exhibirse y codearse con los que mandan en este país.

Deben figurar en todo evento social de nivel para recaudar fondos y establecer nuevos contactos. Son especialistas en marketing personal. Muchos medios los contratan para dar su opinión alturada y crítica. Los mandamases de la prensa creen que asignándoles un pequeño espacio o columna obtendrán un poco de credibilidad e imparcialidad. Sus publicaciones están bien redactadas, pero carecen de profundidad ya que no se comprometen con la verdad ni con nada sino con quedar bien. Si se pasan de la raya, como ha ocurrido un par de veces, pueden ser despedidos y perder su cheque mensual por una hora de puro hueveo.

Los he visto en exposiciones como la de Leonardo da Vinci en el Jockey Plaza. Ellos se maravillan ante los inventos del genio del renacimiento, pero ignoran que la mayoría de creaciones del pintor florentino no funcionaron, y lo que es peor, no eran suyas, pues Leonardo copió muchos de sus bocetos de griegos, hindúes y árabes sapientí
simos. Como no lo sabían dan por sentado que Leonardo era un caviar mayor al cual deben venerar. Después de todo se hizo una película como el Código da Vinci en la que sus obras maestras son la clave para descubrir el misterio del origen de Jesús. Como son ateos, descreídos o agnósticos, seguramente celebraron que Leonardo formara parte de una trama que podría abrirle los ojos al mundo.

Algunos caviares me caen bien porque no tienen tanto afán de figuración y tratan de hacer el bien a su prójimo. Me refiero a un caviar psicoanalista que lee y recomienda libros aunque sean demasiado caros para el 99.9% de peruanos. Este caviar está leyendo la saga Millenium de Stieg Larsson. Es probable que comprara las dos primeras ediciones luego de ver que recibía excelentes críticas en ‘El País’ de España. Este diario es un oráculo para los caviares pues define los temas sobre los que van a escribir, discutir con sus amigos o postear en algún lado. El caviar en cuestión comentaba a su grupo que estaba absolutamente fascinado con Millenium. Durante su retiro del fin de semana –los caviares únicamente encuentran paz fuera de Lima- alucinó que era el periodista alter ego de Larsson que investiga delitos corporativos junto a una chica aventurera que podría ser hermana del Unabomber.

Si quieren ver a uno vayan a las celebraciones del 4 de julio a la USS Embassy y los reconocerán en el acto. Los más destacados son mediáticos y han ocupado cargos públicos o aparecen en algún medio de comunicación.
El sustantivo o adjetivo caviar está asociado con las huevas de un pez llamado Esturión. Todo el mundo sabe que esas huevas negras son costosas y se untan sobre finas galletas delicatessen. En fin, resulta un poco tedioso indagar sobre el apelativo caviar como relacionarse con uno de ellos.

Aunque no lo digan, los caviares son ‘apartheid’ total. Algunos son fascistas encubiertos y suelen discriminar por inteligencia al igual que por apariencia.

Uno no nace caviar sino que se formando con el tiempo. La maduración de un caviar se produce en la universidad, ONG o en un medio informativo. El tiempo que le toma a alguien llegar a ser un caviar depende de la aceptación de otros caviares. Si los caviares mayores invitan a un novato a sus tertulias se podría asegurar que ha nacido un caviar. El ingreso a ese círculo no cuesta nada; no es como pagar por ser socio de un club campestre o de golf. Como son ‘democráticos’ y ‘liberales’ no cobran tarifa de entrada, pero ser caviar exige gastar mucho en vestimenta, artefactos electrónicos, finos licores, libros de Crisol, viajes off road y mucho etcétera.

En el pasado algunos caviares, sobre todo los más viejos, militaron en algún partido de izquierda y eran hippies pero ahora son moderados, conforme al cambio de los tiempos y el derrumbe del Muro de Berlín. Son más abiertos, pero hasta cierto punto, pues nunca dejaron de ser sectarios.

Los hombres caviares son la versión masculina de las amigas de la China Tudela Loveday. Lo que les apesta, a diferencia de los personajes de ficción de Rafo León, un simpático caviar mayor, no es lo que perciben directamente con los sentidos sino lo que no pasa por su filtro mental.

Nunca se puede dialogar con uno porque tratan de imponer su opinión y visión de las cosas. No existe intercambio de ideas más que en sus términos y condiciones. Para andar con ellos hay que creer en cosas fundamentales como las que creen los fundamentalistas islámicos o los adoradores del todopoderoso mercado. Tienen dogmas muy arraigados sobre lo social y políticamente correcto. Su 'Ley de las Doce Tablas' o 'Decálogo' son los derechos humanos y la defensa a ultranza del medio ambiente. “La libertad de expresión” y “la democracia” son las expresiones que más repiten a diario.

Tal vez cuando descubrieron a Cortazar se identificaron enseguida con los ‘cronopios’ por su inconformidad, aparente desapego a lo material, creatividad y vasto mundo interior; pero en realidad son tan indecisos y petulantes como los ‘famas’.




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