domingo, 31 de mayo de 2009

Chile, desmitificando el golpe de Pinochet



Chile, desmitificando el golpe de Pinochet


Pinochet se preció de manejar Chile con un absoluto control de su vida institucional y civil. Se le podía comparar con una Parca, divinidad romana del destino (o moira griega) que determinaba el tiempo de vida asignado a cada mortal. Como ese personaje mitológico, Pinochet manipulaba los hilos del poder así como los de la vida y de la muerte de cada chileno. Él y su ominosa Junta Militar poseían todas las prerrogativas políticas imaginables tras propiciar un innecesario golpe de Estado contra Salvador Allende en 1973.
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Por César Reyna


Sin fundamento histórico se ha dicho mucho acerca de la necesidad del golpe llevado a cabo por Pinochet, quien, dicho sea de paso, fue un oportunista que se sumó a último momento a la extensa lista de conspiradores. Existe suficiente evidencia documentaria para desmentir con soltura y naturalidad a cualquiera de las “justificaciones” ofrecidas por la dictadura chilena y sus más acérrimos defensores. Para refutar cada uno de sus argumentos sólo basta remitirse al hecho concreto y a fuentes confiables. Así derribaremos todas las falacias e inexactitudes en las que se apoyó uno de los regímenes más brutales de la historia latinoamericana reciente.
El primer cuestionamiento que haremos está vinculado a la exigencia de realizar un golpe, es decir, a la necesidad de ejecutar un mal, aparentemente menor, para evitar otro mayor, o la aplicación de un principio relativista muy conocido y erróneamente adjudicado a Maquiavelo, pero que se desprende de un pequeño párrafo de su obra “El Príncipe”.[1] Al aforismo al que nos referimos no es otro que “el fin justifica los medios” pues la Junta de Gobierno chilena se valió de él para emprender una operación que socavó las libertades civiles, políticas y el Estado de derecho. ¿Pero era así de grave la situación chilena como para tolerar la ruptura del orden constitucional? ¿Fueron válidas en su oportunidad las explicaciones dadas por la dictadura chilena a la hora de convertir a Chile en un paria internacional? La respuesta a estas interrogantes es “NO”. Así de tajante es nuestra respuesta pues las justificaciones ofrecidas por Pinochet, en su primera conferencia ante la prensa internacional, carecen de sustento.

En aquella oportunidad, el dictador dijo ante diversos medios que Chile corría el riesgo de convertirse en otra Cuba y que el comunismo soviético se irradiaría desde su país hacia el resto del subcontinente americano. Esa “argumentación” debe desbaratarse de plano pues Allende llegó al poder a través de la urnas, es decir, por medio de elecciones libres y democráticas, y no de una revolución o lucha armada como Lenin, Mao o el propio Fidel Castro, con quien Pinochet pretendió compararlo. Esta primera diferencia es esclarecedora –y necesaria– porque Allende no sólo fue elegido democráticamente, sino que se comportó como un cabal demócrata durante todo su mandato. Lejos estuvo de implementar una represión brutal como la que se atribuye a la dictadura pinochetista.

Si bien en aquella época la situación chilena era caótica por el boicot de la derecha y la CIA, existían salidas constitucionales a la crispación política y a la crisis económica existente ya que Allende consideró dar un paso atrás, esto es, convocar un plebiscito (nuevas elecciones) pues no quería una guerra fraticida entre chilenos. Pinochet, como comandante de las Fuerzas Armadas, estaba enterado de los planes del presidente de la Unidad Popular, coalición de izquierdas y socialistas en el gobierno, para dimitir y acortar rápidamente su mandato. La traición de Pinochet, subordinado de Allende, quien precisamente lo ascendió a la comandancia general, se produjo cuando le aconsejó al dignatario que postergara su trascendental anuncio a la nación por unos días, cosa que hizo el mandatario mapochino, confiando en la lealtad del que fuera ex general de la guarnición de Santiago, encargada nada más y nada menos que de la custodia del Palacio de la Moneda, que fue bombardeado miserablemente por la FACH (Fuerza Aérea Chilena). Al tener la confianza de Allende, Pinochet y otros mandos de la Marina y de la Aviación prepararon el golpe, auspiciado por la CIA, para el día 11 de setiembre de 1973, fecha fatídica no sólo para Chile, sino para todo el mundo libre luego de los funestos atentados contra las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York.
En el supuesto negado de que Allende no hubiera dispuesto su salida, existía la posibilidad de que en el siguiente proceso electoral se eligiera a un opositor afín a las reformas que pretendía la derecha. Entonces, existían caminos para encontrar una solución constitucional para resolver la grave crisis chilena.
De otro lado, el régimen socialista, lejos de ser un gobierno represivo, llevó a cabo importantes reformas como la nacionalización del cobre (de la minera Codelco), gracias a la cual se financia una parte importante del Tesoro chileno y las Fuerzas Armadas de ese país (reciben el 10% de los ingresos después de impuestos, con ese monto han podido repotenciar sus equipos militares). Sin la previa estatización de los activos mineros, Chile no tendría una de las mejores fuerzas disuasivas de la región que espera alcanzar el nivel de operatividad de la OTAN en el 2010.
También hay que destacar que el socialismo chileno contó con una férrea oposición de la derecha y algunos sectores religiosos, en otras palabras, permitió y respetó el libre intercambio de opiniones, así como a los medios informativos, los que contaron con plena libertad para transmitir noticias, a pesar de que distorsionaban la realidad.
El argumento final que derriba la supuesta cubanización de Chile es que la Unión Soviética se negó a respaldar a Allende, quien por esas fechas se encontraba bastante debilitado y deprimido. El desencuentro con Moscú se debió a que el líder socialista no siguió la recomendación del Kremlin de iniciar una revolución, es decir, una guerra interna que tendría un alto costo humano y político, además de reformas colectivistas y confiscación de la propiedad privada. Ante su negativa, Breznev, sucesor de Kruschev, manifestó que sin compromisos mayores (revolucionarios) el espaldarazo soviético no podía efectuarse. Los líderes de la extinta superpotencia habían abandonado a Allende mucho antes de su visita al Kremlin ya que creían que renunciaría a sus convicciones democráticas ni a su accionar pacifista. Allende decidió respetar las instituciones democráticas y la Constitución chilena en lugar de implementar correctivos dramáticos en el seno de la dictadura del proletariado, como deseaban los soviéticos.
Sin el apoyo de la URSS resulta imposible considerar la cubanización de la sociedad chilena puesto que Cuba sobrevivió largo tiempo gracias al subsidio energético, económico, militar y alimentario que ésta le proporcionó para sobrellevar el cruel embargo decretado por Washington durante la presidencia de Kennedy. Esta intervención fue crucial para que EE UU desista de invadir la Isla luego de la Crisis de los Misiles de 1962. Al concluir la zozobra nuclear sobre la costa este norteamericana, el presidente Kennedy acordó con los dirigentes comunistas que su país jamás trataría acabar con la revolución castrista, cosa que cumplió a medias porque no dejó de atentar contra la vida de Fidel Castro ni asfixiar a Cuba a través del bloqueo económico. Se estima que la superpotencia soviética desembolsó unos 45 000 mil millones de dólares para preservar el proceso socialista cubano. Entonces, a la luz de los hechos, resulta absolutamente falso que Chile marchara inexorablemente hacia el comunismo.

La verdadera razón del golpe chileno radica en el revanchismo estadounidense ya que luego del triunfo de la Revolución Cubana (1959), a EE UU le quedó clavada una espina pues no anticipó la victoria de los barbudos, ni que Cuba, aliado norteamericano desde su independencia, se alineara detrás de la cortina de hierro. Para Washington significó un duro revés la ruptura de relaciones diplomáticas con La Habana. Su alejamiento puso en jaque durante buen tiempo a la política exterior estadounidense pues perdió su “tradicional patio trasero”.
El segundo punto a rebatir es la afirmación de que Pinochet condujo a Chile a la modernidad, esto es, que lideró el proceso de inserción de la economía chilena en el mundo. Esa aseveración se cae por si sola pues las reformas, traumáticas, por cierto, fueron parte del corolario de los monetaristas de la Universidad de Chicago y de los “Chicago Boys”, economistas sureños formados y adoctrinados en las teorías de Milton Friedman, asesor de Pinochet y Premio Nobel de Economía en 1976.
Pinochet era un hombre bastante mediocre -lo rechazaron dos veces de la Academia Militar- como para comprender complicados conceptos econométricos, es decir, no podía entender los impactos de las medidas que llevaron a una apertura de los mercados o la liberalización interna en Chile. Ni si quiera los “expertos” del Banco Mundial comprendieron oportunamente las consecuencias que acarreaba introducir ese tipo de reformas en una economía hasta cierto punto “cerrada” a los procesos de intercambio hasta la crisis asiática, rusa, mexicana, argentina, brasilera, etc.
Siguiendo con lo económico, Pinochet implantó un modelo represivo en lo político y abierto en lo económico algunos años antes de que China implementara sus reformas de “libre mercado” 1979 a través de Deng Xiaoping.
Para no desviarnos demasiado, es necesario señalar que los chilenos fueron más pobres durante la dictadura que rigió sus destinos por 17 años. El grado de indigencia rozó el 50%, cifra que se alcanzó en muchas oportunidades, sobre todo a mediados de los ochenta. Al término del mandato pinochetista, el presidente democristiano, Patricio Aylwin, aseguró que la economía carecía de un “rostro humano” pues más de 5 millones de chilenos vivían con menos de dos dólares por día (casi la mitad de la población de ese momento). La inflación galopaba niveles históricos y escaseaban algunos bienes básicos. No existía un sistema de asistencia social que ayudara a los más necesitados pues fue reformulado por los gobiernos de la Concertación Democrática.
Si hay que nombrar a los responsables directos del crecimiento chileno debemos señalar, en primer lugar, a los gobiernos democráticos que siguieron a la dictadura. Éstos fueron los que redujeron la pobreza a cerca del 16% actual (de un 43% heredado del nefasto régimen de Augusto Pinochet). A partir de Eduardo Frei ya se pudo percibir parte del bienestar que disfruta una gran parte de chilenos. Además, en materia de desempeño del PBI, la democracia chilena produjo un crecimiento del ingreso per cápita sensiblemente mayor al promedio de los 17 años de dictadura, y redujo en forma significativa las trabas para hacer empresa en Chile.
Decir que Pinochet fue un “héroe”, “salvador” o “libertador”, mancha, y con creces, el nombre de verdaderos libertarios como San Martin, y, en menor grado, el de Bolívar, dadas sus pretensiones dictatoriales que estableció en su Constitución Vitalicia de 1826. ¿Cómo puede ser héroe alguien que reprimió brutalmente a sus propios conciudadanos? ¿Cómo puede ser héroe un militar senil que restringió las libertades civiles y que desapareció a 3000 de sus compatriotas? ¿Cómo puede ser héroe un criminal que masacró a extranjeros, entre ellos muchos religiosos y periodistas internacionales? ¿Cómo puede ser héroe alguien que atentó contra la vida de distinguidos chilenos asilados en el extranjero, violando la soberanía de otros países? ¿Cómo puede ser héroe alguien que se negó a entregar el poder en 1988 luego de perder el plebiscito, según revelaciones del Comandante General de la Aviación, Rodolfo Matthei?
Como estas, hay muchas anécdotas más totalmente verificables. Así, el presidente Patricio Aylwin contó una vez que Pinochet declaró ante él que no le consideraba su jefe inmediato, desconociendo la Constitución de 1980 que el propio tirano ideó para legitimar su dictadura y que claramente señala que el comandante supremo de las Fuerzas Armadas es el presidente de la república. También es sabido que cuando procesaron a su hijo, militar como él, organizó un operativo con el fin de intimidar a la justicia chilena, la que finalmente absolvió al primogénito del general por presión. En aquella oportunidad ordenó que los uniformados vistieran sus ropas de combate y movilizó tropas cerca de la capital con el propósito de sitiarla. En muchas ocasiones también hemos oído de la propia boca del general que “si alguien enjuicia a los suyos (oficiales) se acaba el Estado de derecho”. Ni qué decir cuando una grabación de la cadena alemana Deutsche Welle registró al general indicando a sus subordinados acantonados en las inmediaciones de la Moneda que Allende sale vivo, pero el avión en el que se marché (al exilio, se entiende), se cae.
Pensar que un criminal de su calaña tenía convicciones democráticas porque entregó el poder a los civiles como prometió -fue obligado en realidad- denota una gran ingenuidad. Como se dijo más adelante, Pinochet pensaba retener el poder a toda costa, pero al no con contar con el apoyo de los demás institutos armados tuvo que ceder. Si su desprendimiento fuera cierto, ¿por qué habría de presentar un candidato afín como Herman Buchi, uno de los “Chicago Boys” de su brutal gobierno en las elecciones de 1990? Por si queda alguna duda de sus verdaderas intenciones, Pinochet Ugarte permaneció desde 1990 hasta 1998 como Jefe de las Fuerzas Armadas y eligió directamente su sucesor, saltándose la autoridad del entonces presidente, Eduardo Frei. Todos estos cuestionamientos revelan la entraña gansteril de su régimen. A nadie debe quedarle duda de que fue un simple tirano y nada más.
Volviendo a la economía, existen muchas imprecisiones sobre las privatizaciones que se ejecutaron durante su período. Según estudios confiables, el erario chileno perdió unos 1000 millones de dórales en la privatización de unas 30 empresas estatales. ¿Si el dictador hubiera tenido un auténtico impulso privatizador, por qué no privatizó Codelco, la mayor empresa de cobre del mundo? Por la sencilla razón de que su considerable aporte económico sirvió para financiar las cuentas públicas y la modernización de su Ejército, es decir, gracias a una estatización iniciada por el socialista Allende.
Hay que hacer notar que Pinochet, al tener el control absoluto del poder, podía equivocarse groseramente en materia económica sin temor a un golpe de Estado o a alguna manifestación pública pues sería reprimida inmediatamente con dureza. Así cualquiera gobierna ya que puede errar ilimitadamente sin sufrir por ello alguna consecuencia política. Entonces tenía una suerte de cheque en blanco pues contó con el respaldo de los militares, de la derecha (Unión Demócrata Independiente), de la clase empresarial advenediza y de la Casa Blanca, que sólo manifestó su oposición al régimen cuando sicarios pinochetistas asesinaron a sangre fría en 1975 a Orlando Letelier, ex canciller de Allende, en la ciudad de Washington. Ese crimen rememoró el perpetrado varias décadas atrás por partidarios de Stalin en México cuando ultimaron a León Trostky, uno de los precursores e ideólogos de la Revolución Bolchevique (1917-1919).
El principal aliado y promotor del golpe fue, sin lugar a dudas, la Administración republicana de Richard Nixon y su secretario de Estado, el maquiavélico Henry Kissinger. El primero dijo alguna vez que justificó la intervención en Chile por un asunto de “seguridad nacional”.
Quienes complotaron el 11 de setiembre de 1973 deberían ser acusados de traición a la patria por llevar a cabo labores sediciosas junto a una potencia extranjera con el objetivo de derrocar a un gobierno democráticamente elegido. Por lo anterior, Pinochet ni siquiera debió recibir un funeral con altos honores militares puesto que rompió el orden constitucional y echó por la borda una larga tradición democrática que databa de 1925, fecha en la que se estableció la Constitución que restableció las facultades presidenciales y permitió la separación de la Iglesia y el Estado.
Un factor fundamental que contribuyó al despegue chileno fue la estructura institucionalizada, organizada y menos corrupta. Estas raíces le permitieron a Chile retornar a la democracia sin demasiados contratiempos puesto existían bases sólidas para el diálogo a nivel político y social.

La identidad chilena, forjada a la sombra de los grandes virreinatos y de los centros de poder coloniales, fue determinada por varios factores como la carencia de abundantes riquezas naturales. Esto que produjo que Chile tuviera que apostar por el comercio de ultramar, es decir, negociar con grandes potencias extranjeras como Inglaterra, Holanda y Francia, que le ayudó mirar hacia fuera en lugar de pensar en desarrollarse autárquicamente. Otro elemento esencial fue su particular geografía pues la aproximación de los países europeos a la costa pacífica de América del Sur debía producirse necesariamente a través de puertos como Valparaíso o Antofagasta. Así, este acercamiento con los comerciantes y financistas occidentales fue consolidando en el ideario colectivo chileno que el modelo de desarrollo radicaba en el libre intercambio y no en la exclusividad comercial.
Con la muerte del tirano, el juez Alejandro Solis, quien procesaba a Pinochet, declaró el sobreseimiento de la causa por las muertes en Villa Grimaldi, lugar donde fue torturada la presidenta Bachelet. Aquello no supone que se lo haya declarado inocente pues la causa se archivó a raíz de su fallecimiento.

A Pinochet se lo pudo procesar porque, a pesar de la Ley de Amnistía dictada por su régimen, la Corte Suprema calificó la mayoría de acusaciones judiciales dirigidas al ex dictador como violaciones sistemáticas a los derechos humanos, es decir, como delitos que son imprescriptibles según las convenciones internacionales. Haciendo un poco de memoria, en el 2004 la Corte Suprema de Justicia dictaminó que aquella “ley” no era aplicable a los casos de desaparición de personas. La razón es que los desaparecidos son considerados víctimas del delito de secuestro permanente, el cual no expira mientras no aparezcan. El desafuero que permitió el levantamiento de su inmunidad parlamentaria como senador vitalicio, cargo que el mismo se dio al finalizar su mando en las FF. AA., fue el paso inicial para juzgarlo por los crímenes indicados.
Otro momento estelar se produjo cuando se lo declaró hábil para ser procesado. De ahí la orden de arresto domiciliario bajo la que se encontraba el ex dictador al momento de su muerte por los cargos que le eran imputados. Y no se trataba sólo de aquellos cargos que versaban sobre torturas y ejecuciones extrajudiciales, sino de acusaciones sobre corrupción que salieron a la luz luego de las profundas investigaciones de una Comisión del Senado Norteamericano que encontró sus cuentas en el Banco Briggs de Washington. Los montos encontrados involucran un total de 28 millones de dólares. Ante esos hechos una buena parte de sus acólitos guardan pudoroso silencio.
Últimamente sus colaboradores y partidarios han venido descargándose de la pesada herencia del general pues la Centro Derecha de Sebastián Piñera, candidato presidencial y líder del Renovación Nacional, optó por voltear la página respecto a Pinochet y dejarlo a su suerte ante el cúmulo de procesos judiciales que arreciaban en su contra. Sería prácticamente un suicidio político para cualquier partido apoyar a raja tabla las políticas de Pinochet pues más del 55% del electorado guarda un encono muy profundo hacia la dictadura. La cifra tranquilamente puede ser mayor pues el buen gobierno de la Concertación Democrática opacó cualquier “logro” económico de la dictadura. Los éxitos de ésta, por cierto, solo fueron coyunturales pues la economía chilena dependía mucho de las cotizaciones internacionales de las materias primas que exportaba (harina de pescado, minerales, celulosa, etc). Se trataba pues de una economía escasamente diversificada y sofisticada como para sobrellevar los efectos negativos de una crisis internacional, cosa que Chile hace ahora con alguna holgura ya que ha lanzado un plan de reactivación ante la caída de su producto.

En lo político, la democracia chilena ha venido deshaciendo la mayoría de hipotecas que en esta materia heredó del antiguo régimen. Por citar sólo algunos ejemplos, desapareció la figura de los senadores designados; se modificó la composición y funciones del Consejo de Seguridad Nacional; y el Ejército Chileno reconoció, a través de una declaración de su comandante en jefe, la responsabilidad de su institución en las violaciones a los derechos humanos.
Chile avanzó de buena manera hacia la reconciliación pues instituyó una Comisión de la Verdad para ese fin. El Estado ha compensado a los deudos de las víctimas de la violencia militar y obligó a las Fuerzas Armadas a pedir perdón a la sociedad. Sólo le faltó procesar a sus máximos dirigentes para que la herida cerrara por completo. Al menos los procesos contra los uniformados continúan y ya se encarceló a varios miembros del totalitarismo castrense.
En este caso “la muerte le ganó a la justicia” como refiere el desaparecido escritor uruguayo Mario Benedetti. Esto se trata de un crimen sin castigo a secas. Pinochet supo dar la cara en vida pues se corrió de todo campo de batalla. Basta recordar nomás que se refugió en la autoridad papal (de Juan Pablo II) para evitar un conflicto con la Argentina de Videla, y abortó una guerra con Perú al perder el apoyo de los norteamericanos. Jamás pudo idear un plan en su vida que no sea para torturar inocentes. Si su tumba tuviera que lucir un epitafio sería: “Se corrió de los procesos amparándose en su senilidad, rehuyó a la justicia escondiéndose en la muerte”.




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[1] “En las acciones de todos los hombres, en especial de los Príncipes, donde no hay tribunal al que apelar, se juzga según el resultado. Procure, pues, el Príncipe vivir y conservar el Estado: los medios serán siempre juzgados honorables y celebrados por todos.” Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi familia vivió de lo más bien durante la dictadura, al igual que muchas familias en Chile; muchos no se enteraron o no se quisieron enterar de lo que pasaba, tanto es así que aún hoy hay gente que defiende a este señor. Llama la atención que la terrible muerte de 3 mil personas se haya elevado y mitificado al nivel del holocausto y a Pinochet, un milico ignorante, un gato de campo, al nivel de Hitler o Stalin.
Fue terrible para muchos chilenos, realmente terrible, para los exiliados y los torturados, para los familiares de los desaparecidos. Pero pintar a Pinochet como una Parca que si quería acababa con la vida de cada habitante del país, es un aexageración del porte de un buque. ¿cuánto dictadores han entregado el poder a los civiles mediante plebiscito? Creo que tu texto está un poquito parcializado.
Saludos.