miércoles, 3 de junio de 2009

Ollanta Humala, un mal necesario



Ollanta Humala, un mal necesario


Por César Reyna



El candidato del Partido Nacionalista, Ollanta Humala, no representa un mal mayor ni mucho menos el Sida, como aseveró el escritor Mario Vargas Llosa, sino un mal necesario. Por más que genere anticuerpos en muchos sectores, sobre todo en la derecha peruana, el empresariado y la mayoría de medios de comunicación, su proyecto ha permitido que en el Perú se discutan temas como la desigualdad social y la inclusión. Pero más allá de poner en el tapete esos asuntos, su eventual victoria permitiría la democratización de la sociedad peruana. Sé que no parece razonable que Humala, quien ha manifestado su admiración por el dictador Velasco Alvarado y tiene nexos con el presidente venezolano Hugo Chávez, gobierne democráticamente. Los indicios señalan que de llegar al poder se convertirá en un autócrata y cambiará las reglas de juego (trastocará el libre mercado), pero aún así creo que ayudará a que los estratos menos representados cuenten, por primera vez, con participación política.

Su origen no es accidental como muchos piensan, pues si ha llegado a pasar a una segunda vuelta electoral con Alan García y competir contra todo el sistema, es porque el grueso del país tiene demandas insatisfechas. Durante las últimas décadas los grupos de poder real (la oligarquía, los militares y los medios informativos, sin dejar de lado a los norteamericanos) han evitado que surja un movimiento que represente a los de “abajo”, es decir, a las clases sociales más empobrecidas y desatendidas. Dejar sin voz y articulación a las masas más necesitadas fue un objetivo fundamental de los que gobernaron el Perú desde el Gobierno Militar de Velasco Alvarado.

Los sectores populares no recibían atención por parte del Estado. Sólo en los últimos quinquenios se les ha puesto en el mapa e identificado, pero no reconocido, para darles asistencia alimentaria. Si se les entregaba bolsas con víveres, regalaba libros y examinaba en postas médicas era para que el país no figure en la cola de las estadísticas internacionales en materia de alfabetismo, salud y nutrición. Desde que el Estado comenzó a “interesarse” en los más pobres, los gobiernos de turno no desaprovecharon la oportunidad para desarrollar estrategias propagandísticas y reeleccionistas con el fin de captar los votos de los que recibían ayuda estatal. Así se generó un clientelismo político que las sucesivas administraciones han venido implementando sin atacar los problemas de fondo, que son causantes de la pobreza y la desigualdad.

Un Gobierno de Humala sería o debería ser un catalizador de un conjunto de necesidades insatisfechas. De lo que se trata es considerar a la población más ignorada. Esto va más allá de convertirlos en simples beneficiarios de programas sociales pues el trasfondo es que lleguen a ser ciudadanos. Tomarlos en cuenta es necesario para construir progresivamente una nación. No basta hablar de sus problemas y atenderlos solamente en períodos electorales, pues su inclusión a la vida democrática es impostergable. El proyecto de Humala, bajo ese punto de vista, podría proporcionar la cohesión que necesitan para tomar consciencia de sí mismos y pensarse como personas.

El filósofo argentino Ernesto Laclau, profesor de la Universidad de Essex en Inglaterra, dijo que no hay que temerle al populismo “porque aglutina a una serie de demandas de los de abajo que todavía no han sido inscriptas en el discurso político, pero que empiezan a expresarse”. Más que tenerle miedo representa un fenómeno positivo pues permite que muchos actores sociales puedan expresarse. El reconocido intelectual dijo que “antes de la llegada de Chávez en Venezuela, lo que existía era un régimen superclientelístico de gestión de la cosa pública, como en la Argentina del '30”. En ese país, como en el resto de Latinoamérica, las “demandas de las bases” no eran escuchadas. Para muchos simpatizantes del chavismo, las conquistas sociales que han obtenido bajo el Gobierno de Chávez se ha traducido en su reconocimiento como individuos. Esto ha aumentado la participación democrática en capas que se mantenían al margen de la política.

Los pensadores de derecha como Mario Vargas Llosa, los del Cato Institute y otras organizaciones sólo analizan las cosas superficialmente pues se fijan en cosas distinguibles como el hostigamiento a los grupos de oposición y a algunos periodistas; pero no ven lo sustancial, esto es, lo que está detrás de cada proceso político. Vargas Llosa, por ejemplo, es un crítico acérrimo de Velasco Alvarado porque arrebató los medios de comunicación a sus legítimos propietarios y realizó una reforma agraria que descapitalizó el campo; pero al mismo tiempo es incapaz de comprender que sin dicha reforma, cientos de miles de campesinos descontentos y explotados hubieran sido fácilmente seducidos por el discurso incendiario de Abimael Guzmán
[1], antiguo líder de Sendero Luminoso.

La complejidad de estos sucesos impide que gente como Vargas Llosa relacione la generalidad de elementos que están involucrados. “El populismo no es malo pues dicotomiza espacios donde los de abajo pueden interpelar a los de arriba”, según Laclau. “El mayor peligro para la democracia”, siguiendo a este filósofo, “es el neoliberalismo porque tiende a reemplazar el juego político entre fuerzas antagónicas por una administración de carácter tecnocrático”. El populismo es necesario para crear una nación pues en “(…) el mundo de demandas insatisfechas comienza a crear una identidad de los de abajo frente a un poder que los ignora. Allí ya hay una situación semipopulista. Pero en un determinado momento, hay una gran cantidad de demandas insatisfechas a nivel de la base y un sistema institucional que es incapaz de canalizarlas”. “(…) Por el hecho de que estas demandas tienen lugar en una sociedad en la cual muchas otras demandas sociales no son satisfechas, pasan a ser símbolos de algo mucho más amplio y comienzan a construir al pueblo como sujeto colectivo”.

Humala representó en 2006 el enorme descontento de las mayorías empobrecidas. Que el Perú haya sido una de las economías de mayor crecimiento desde el 2002 en la región no fue suficiente para contrarrestar su popularidad. A pesar de que la inflación se mantuvo baja (cerca de 2.5% por año) en estos 93 meses de crecimiento ininterrumpido (4.5% en promedio), las grandes mayorías no se han beneficiado porque no hubo desarrollo. Desde la Administración de Alejandro Toledo el Perú exhibe buenos datos macroeconómicos, pero la riqueza no circuló hacia abajo. La misma situación se repite en el presente, solo que el Gobierno de Alan García, mucho más hábil que sus antecesores, manipula las cifras de crecimiento y reducción de la pobreza, con el aval del Banco Mundial, para que el modelo no sea cuestionado pues el error garrafal de Toledo fue confesar que no producía bienestar. La adulteración o cambio de parámetros estadísticos se hizo para que los ciudadanos no se sientan decepcionados por las políticas económicas tradicionales y rechacen el cambio que propone Humala.

El resto de aspirantes a la presidencia, entre los que destacan Keiko Fujimori, Alejandro Toledo y el alcalde de Lima, Castañeda Lossio, representan la continuidad del modelo económico que arrancó con el régimen de Alberto Fujimori (1990-2000), pasando luego por la presidencia provisional de Valentín Paniagua, que asumió el poder tras la renuncia del ex mandatario encarcelado, y que se afianzó durante el mandato del ex presidente Toledo, y de su ex ministro de Economía y ex primer ministro, Pedro Pablo Kuzcinsky. Humala no es una incógnita como antes, al menos ya no lo es tanto para los que sólo han visto de lejos la riqueza acumulada por Perú en los últimos lustros. Las promesas incumplidas del aprismo, la corrupción del régimen, la alarmante inseguridad ciudadana y el descaro de gobernar solamente para sectores que se encuentran en la cima de la pirámide social favorecen la candidatura del líder nacionalista.

A pesar de estos factores, su discurso no cuaja (no superaría el 30%) porque no goza de la simpatía de la prensa ni sabe articular sus ideas. Tal vez no esté preparado para el reto de crear una identidad nacional, pero sus oponentes, a pesar de sus estudios y años de experiencia política son meros peones o alfiles de un modelo agotado en el mundo.
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[1] El historiador Nelson Manrique fue el primero que descubrió ese aspecto de la transformación agraria de Velasco, la cual es considerada nefasta por la mayoría de intelectuales neoliberales.

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